lunes, 4 de junio de 2012

Erase un culebrón - Capitulo 2 & 3


CAPITULO DOS – MELODIA DE OMISIÓN

La chica bomba rompió con todo. Cambió de vida radicalmente. Obtuvo su felicidad. Obviamente la felicidad es muy relativa y siempre se mide por el rasero propio. Las escalas de valores cambian y las preferencias por las cosas también. Y por ello se inmoló.
Es bien cierto que en ocasiones en la vida hay que romper con todo. Dar al traste con lo antiguo y darse en volandas a lo desconocido. Dicho y hecho. Con facilidad y sin remordimiento abandonó a los suyos en post de un mañana mejor.

Conoció al que nosotros cariñosamente apodaremos chico radioactivo, pues sus largas temporadas en Txernobyl le infectaron con el síndrome de los círculos en el maíz, pero en su caso en medio de la cabeza. Era evidente que era su pareja perfecta. Tamaño, inteligencia, valores, sensibilidad, etc… Incluso en lo atormentado y oscuro de su ser.

El dolor es una llave, una perversa forma de jugar con la mente y el chico toxico conocedor de esto y de otros muchos oscuros trucos practicaba constantemente el arte del sadomasoquismo consigo mismo intentando escapar de la realidad que tan pequeño e insignificante le hacía. Una y otra vez se repetía: “A veces la realidad es tan abrumadora que solo provocándonos un profundo dolor podemos evadir los extraños sentimientos y sensaciones que evocan de nosotros derivados del hacer de los demás” Gritaba en noches de luna llena al son de su sangriento concierto de violín

Se dieron amor mutuo. Se procuraron cariño. Y lo más importante… la apoyó en su paso decisivo para romper con su pasado. Lo que el chico toxico no sabía es que la mujer bomba tenía un gusto desmedido por lo ajeno. Siempre fue y será una insatisfecha crónica…. Y puede más la lujuria en su vida que la propia palabra de amistad o de amor que pueda jurar.

Cual ewook acervatillado practicante del canon estético franciscano el chico toxico claudico. Acepto en silencio la situación y desvió la mirada. Se fundió una vez más en una profunda sonata violenta y desesperada que dejó huella en él para siempre. Jamás olvidaría lo que sucedió. Jamás sería capaz de ponerse unos pantalones en aquella relación. Nunca perdonaría a la chica Invisible por divulgar ese tan conflictivo y vergonzoso secreto…

CAPITULO TRES – NOCHE DE LOBAS

Hoy ahondaremos en la vida de Gordinaria, gran valquiria vikinga amiga de la mujer invisible y la chica bomba. Nació de una flatulencia, de ahí su aspecto de pedorra. Gordinaria vio mundo. Gracias a ello aprendió muchas cosas. Se empapo de un saboir faire peculiar. En seguida aprendió un estilo de vida que la distinguía de las demás féminas. Decidió no depilarse las axilas.

Había sido concebida por culpa de la ingesta de una lata de fabada en mal estado. Entre un olor nauseabundo y un tremendo esfuerzo su madre la trajo a este mundo de manera imprevista en el callejón de la parte trasera de una parroquia. Si conocerse bien el porqué la abandonó en un cubo de basura próximo a la puerta trasera del edificio. Los llantos desesperados de tan pobre criatura atrajeron al cura que la rescató de tan pestilente espacio.
El padre ciruelo, enjuto y alto, la crió en la fe. Grabó a fuego en su piel los valores Cristianos y la educó como si fuese su hija. Aquella férrea disciplina religiosa no hizo más que alimentar sus ansias de pecado y cuando la joven cumplió la mayoría de edad abandonó su sagrado hogar en busca de experiencias.

Gordinaria ya había hecho sus pinitos con el vino de la sacristía pero aun no se había adentrado en el mundo de los cócteles de garrafón. Y sin pensarlo se vistió con sus mejores galas y puso rumbo hacía un mugriento local musical llamado “Polvos Mágicos”. Aquella sería la primera de muchas más noches.

Conoció a la mujer invisible en una operación de caza y aprendió dos cosas: Que con cinco copas de más es más fácil dejarse tocar por desconocidos y así ligar con más atino, y, que las cacerías zorreras son más efectivas en grupo ya que arrimándose a buen árbol las sobras son más jugosas… había nacido una gran amistad.

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