jueves, 28 de junio de 2012

Erase un culebrón - Temporada 2 - Capitulo 1 - El nacimiento


Había sido difícil pero el momento había llegado. Tan sólo unas pocas horas separaban a la chica invisible de la plena felicidad de ser madre. Habían sido unos meses muy duros, concretamente nueve. El encarcelamiento del padre de la criatura por la quema de fotos del rey de España había sido un golpe duro pero lo había superado.

Una nueva vida comenzaba para ella también; una etapa en la que más que nunca debería demostrar el tipo de mujer en el que se había convertido a causa de los golpes que la vida le había propinado.

Estaba en un after-hours tomando un zumo de piña con algo más cuando la gran tromba de agua se desató. Por suerte Gordinaria estaba allí para ayudarla. Raudas y veloces, ambas corrieron hasta el hospital más cercano. La chica bomba estaba en camino.
La primera cachorrita estaba a punto de nacer.

Al llegar a urgencias todos los médicos agradecieron la buena predisposición de la embarazada a dar a luz; las enfermeras comentaron que era todo un detalle llegar completamente depilada y con el asunto prácticamente al aire.

Esto último era debido a que la cabeza de la niña había comenzado a salir, y como la falda era corta se había subido unos centímetros por encima de la raja de la vida haciendo así la llegada inminente. Además, se había dado la casualidad de que la mujer invisible tenía suficiente zumo de piña en sangre como para anestesiar a una ballena y aquello le ahorraría el pinchazo de la epidural que tanto le preocupaba.

Entre la conciencia y la inconsciencia, sabía que aquella había sido su última aventura canina; a partir de aquel momento debía ser un madre sería y responsable. Se habían acabado las noches de juergas, el conocer y conocer chicos y el beber zumos de piña sin freno; debía ser un ejemplo para su bebé.

El parto duró tres horas. Mientras, en la sala de espera, estaban Bomba y Gordinaria esperando ansiosas. La primera recordaba amargamente el lugar debido a que meses antes se intoxicó y perdió a su bebé siendo hospitalizada allí.

El lugar, la tensión del momento, los malos recuerdos y la creciente frustración; le provocó una crisis, una locura mental transitoria. De repente pensó con compulsión que todo tenía que ser perfecto, todo debía estar en su sitio.

Por ello acto seguido de su bolso sacó un trapo y se dedicó a abrillantar el suelo. Atónita, Gordinaria preguntó a la joven que qué era lo que le estaba sucediendo; ella contestó que se tranquilizase, que ahora se encargaría de ella de todo. Pero… ¿Qué era todo?

Tras abrillantar las ventanas con un producto químico que también llevaba en su bolso, sacó una maquinilla de afeitar y un desodorante y se puso manos a la obra. Agarró a Gordinaria y en un momento la pasó por el improvisado departamento de chapa y pintura. La dejó depilada, maquillada y perfumada para así dar la bienvenida a la hija de su amiga. ¿Raro, verdad?

Algunos minutos más tarde, la puerta del paritorio se abrió y de ella salió la mujer invisible con su niña en brazos; a penas la pudieron ver. Siguiendo las indicaciones del médico fueron hasta la habitación de su amiga, y una vez allí comprobaron que Invisible estaba bien, sostenía en brazos a su hija, Cerecita.

La pequeña era una criatura adorablemente bella; tenía un pequeño capricho en su hombro derecho, algo curioso, un detalle que inspiró su nombre, un pequita en forma de cereza.

Mientras Gordinaria animaba a su amiga diciéndole que dentro de poco podría lucir tipito de nuevo en la playa, Bomba observaba a la pequeña con notable ansiedad. Deseaba tenerla, aquella pequeña criatura tenía que ser suya.

Acto seguido, mediante una excusa razonable, Bomba salió de la habitación en busca de un vaso de agua para la mamá. Pero en realidad lo que había ido a buscar era un disfraz para raptar a la pequeña.

En una de las salas encontró ropajes de sanitario y con ellos se atavió para así llevar a cabo su maléfico plan. Con el gorro de quirófano y con la mascarilla, era imposible que la reconociesen. Aquel era el atuendo perfecto para llevar a cabo su fechoría, no cabía duda.

Como Bomba era una petarda acabada; había estado durante semanas estudiando la serie de televisión “Urgencias” para así adquirir cierta credibilidad en su intento. Aunque aquel plan tenía una pequeña laguna, ¿Cómo se llevaría a la niña sin que le preguntasen nada? ¿Cómo disimularía su voz para que no la reconociesen? Pues bien, como ya he comentado anteriormente, Bomba era sumamente tonta y creyó que lo más convincente sería fingir una afección en la cuerdas vocales y simular que tenía un implante robótico para articular el habla. Por ello pensó que grabar una voz digital en su móvil dando explicaciones de por qué se llevaba a la niña serían suficientes.

Más tarde, de nuevo en la habitación; ni Gordinaria ni Invisible estaban demasiado al caso tras su última noche de juerga y aceptaron gratamente que aquella estrambótica doctora se llevase a la criatura. Sin sospecha alguna, de haber tenido suficiente cerebro entre las dos probablemente aquello las hubiese escamado, pero no fue así.

Pasado el rato, coincidiendo con la llegada de Meira, la nueva amiga de Invisible, comenzaron los nervios.

La madre, desesperada, presionó el botón de asistencia y una enfermera llegó rápidamente. Fue entonces cuando se confirmó que nadie del hospital había recogido al bebé en aquella habitación.

Así fue como comenzó la pesadilla de Invisible: Alguien había secuestrado a su hija.

De repente la puerta de la habitación se abrió, apareciendo de nuevo Bomba. Sólo que ahora no era Bomba, era una versión transformada de si misma; la viva estampa de una militante pepera.

La muy loca se había calzado un traje chaqueta blanco, unas perlas blanco nuclear y llevaba colgado del brazo un gran bolso Louis Vuitton. Seguidamente preguntó:

- ¿Qué sucede? –añadiendo rápidamente- Parece que alguien haya muerto.
- Tía, alguien ha secuestrado a Cerecita –explicó Gordinaria tremendamente preocupada.

A continuación un silencio opresivo e inaguantable se hizo con la habitación. Invisible no daba crédito a lo que estaba sucediendo y Gordinaria no podía creer lo que sus ojos estaban viendo, a su vez Meira aún no acababa de encajar lo que le habían explicado. La única que conservaba una pasmosa y anormal calma era Bomba; tal era su tranquilidad que al recibir la noticia dijo:

- ¡Oh, Dios mío! Menos mal que se me ha ocurrido traer una cesta de magdalenas –dijo sacando de su bolso una cesta de repostería casera- Las penas se afrontan mejor con azúcar… Para ti Invisible, y en honor a tu hija ten… -dijo ofreciéndole una coronita- Al menos se le parece en el nombre, y el tamaño más o menos es el mismo… además… si la hubieses tenido durante un ratillo más, también hubiese echado liquido amarillo con el de la botella- explicó riendo- Y ahora, si me permitís, necesito adecentar esta leonera.

Concluyó sacando de su bolso un arsenal de productos de limpieza para desinfectar la habitación y sacar brillo a fondo a todo aquel oscuro asunto.

A fin de cuentas ella no estaba nada preocupada, es lógico, pensó mientras abrillantaba los cristales mientras las otras la observaban alucinadas. ¿Con quién estaría mejor Cerecita con su tita Bomba?

Además, sabía que aquella historia acabaría bien; sólo necesitaba un poco de tiempo. Nueve meses le bastarían para hacerse con una nena como la de su amiga Invisible y entonces se la devolvería; aquel sólo era un préstamo, nada de decir que era un secuestro. Durante años ella le había prestado cosas a su amiga… ¿No era justo que ahora ella hiciese lo mismo?

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