domingo, 3 de junio de 2012

Muestra de Micro-Relatos


Era un joven solitario, áspero como la arena, un individuo poco amigable. Dejó que el tiempo pasase e intentó mantenerse al margen de todo, quería centrarse única y exclusivamente en perfeccionar su mente y su cuerpo.

La noche de la muerte de su padre, sentado en la sala de urgencias, juró hacérselo pagar a todos los responsables del asesinato. Era abogado y trabajaba en un importante caso, trataba de conseguir una condena para un grupo de narcotraficantes.

Tras su asesinato se hizo con el informe de la investigación policial y urdió un ambicioso plan para darles caza. Diseñó una maqueta de lo que iba a ser su cámara de torturas y posteriormente la construyó.

Era un espacio que en el futuro acabaría convirtiéndole en el asesino que es hoy en día. Y es que la línea que separa la justicia del delito es difusa y cualquiera puede llegar a traspasarla.


Ser tacaño a veces sale más caro que el no serlo. Lo entenderéis enseguida. Hace algún tiempo tuve discrepancias con la justicia, una pequeña tontería. Estaba en la playa jugando a voleibol y me entró arena en los ojos, caí al suelo y rompí  una maqueta que estaba expuesta en el paseo marítimo.

Obviamente aquello conllevó una denuncia y una posible condena. Ser tacaño hizo que quisiese defenderme yo mismo. Ahorrarme el abogado. Redacté un informe de lo sucedido y me encaminé a la sala donde se celebraba la vista.

Al tiempo recibí la sentencia, llena de latinismo, era un texto denso y difícil de entender. Continuaba negándome a pagar un abogado y busqué un traductor. Su servicio fue económico, pero si hubiese sido abogado al leer “Addictio bonorum libertatum servandorum causa” me hubiese alertado rápidamente de su significado.

Ahora estoy detenido y no me importaría pagar a un abogado.

Por C.Pérez de Tudela (2008)

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