lunes, 28 de mayo de 2012

Mini-Relato: Bajo la sombra de las encinas


Durante algunos segundos permanecí estático junto al quicio de la puerta trasera que comunicaba la cocina con el jardín, observando casi de manera hipnótica el ocaso, en cuestión de segundos vi como las sombras ganaban terreno a la luz de aquella acabada tarde de otoño. Fue entonces cuando comprendí que me quedaba poco tiempo de vida.

Sintiendo la debilidad en todos y cada uno de los músculos de mi cuerpo tomé asiento sin perder de vista la línea del horizonte. En ella, casi de manera irónica, un conjunto de encinas se agitaban a causa del viento en lo que a mi me pareció una danza macabra. Tiritando por la súbita bajada de la temperatura extraje de mi bolsillo derecho una cuchara y la dejé sobre uno de los escalones.

Vi como aquel trozo inerte de metal reposaba en paz sobre la resquebrajada madera descolorida por el paso del tiempo. No pude evitar esbozar una pequeña sonrisa al recordar por última vez todo lo que había sucedido en torno a aquella antigualla. La observé aún con más detenimiento si cabe y su exagerado brillo hizo que una oleada de recuerdos activase mi memoria.

Recordé Valparaíso tal y como era antes de la catástrofe medioambiental, antes de que aquella avalancha de yodo radioactivo acabase con todos nuestros sueños, repentinos destellos de pasada felicidad provocaron en mí un torrente incontrolado de lágrimas. La casa en la que actualmente me encontraba antaño había sido un acogedor hotel rural, antes de la tragedia la mansión Velasco había acogido en sus estancias a todo tipo de huéspedes y en ella muchas personas habían encontrado la felicidad, pero tras la inundación todo cambió y la muerte se instaló en ella.

Pese a que la limpieza y desinfección fue exhaustiva, la toxicidad se filtró de manera rauda a las tierras de los alrededores, de ahí pasó a los manantiales subterráneos y finalmente a las personas.  Todo en sí fue un crimen anunciado, muchas familias abandonaron el pueblo a poco de suceder, pero otros muchos nos quedamos. La gente que sé quedó a la larga enfermó desarrollando todo tipo de tumores y malformaciones.

Valparaíso se transformó en un paisaje gris y desolado, las mismas calles por las que habían paseado los vecinos fueron tristes testigos de cómo la gente del pueblo se aisló en sus viviendas. El silencio se instaló en las esquinas y unas ráfagas de viento helado anunciaban periódicamente que el pueblo tenía los días contados. Fue así como la Mansión Velasco pasó de ser un hotel a una casa de reposo, un lugar al que acudían aquellos a los cuales la vida ya había desahuciado.

Por la casa de reposo con el paso de los años vi pasar a muchos de mis amigos, incluso familiares directos, fui testigo de la agonía y del dolor que puede llegar a provocar un solo momento, un solo error humano. Recuerdo que fue la noche en que mi madre murió en mis brazos, tras observar durante horas los lamentos dolorosos e injustos que culminaron su fallecimiento, cuando decidí intervenir en aquella masacre de alguna manera.

Lo hablé con el resto de empleados y decidimos desde aquel momento intervenir la enfermedad de aquellas pobres almas muertas en vida, fue una noche de tormenta cuando decidimos acabar con la vida de uno de los enfermos. De mutuo acuerdo envenenamos la sopa del enfermo con una dosis de cianuro, no nos preocupaban las consecuencias, ya nadie quería saber nada sobre la gente de Valparaíso, hacía años que habíamos dejado de ser noticia.

La señal que indicaba que era la última cena de uno de los huéspedes era aquella misma cuchara de latón con el mango curvado hacía la izquierda que en aquel preciso momento reposaba junto a mi. Todos los que allí trabajábamos conocíamos cual era a la perfección el protocolo que debíamos llevar a cabo cuando uno de los huéspedes tenía aquella cuchara sobre la mesa durante la cena.

El enfermo solo cenaría sopa, un buen cuenco de sabrosa, humeante y mortal sopa. Sería acompañado a su estancia y se le velaría hasta que abandonase la vida. Normalmente el veneno actuaba una hora más tarde de la ingesta, tiempo suficiente para ponerlo todo en orden. 

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