viernes, 30 de noviembre de 2012

Sophie Kinsella, otra reina del «chick lit»

Escrito por VIRGINIA GUZMÁN

El género de la novela romántica moderna vivió un auténtico boom a raíz del éxito de Bridget Jones, especialmente en el mercado anglosajón, donde se le denomina chick lit. Frente a las historias ya muy desfasadas que copaban las estanterías en las últimas décadas, comenzaron a surgir otras con heroínas más modernas, nada desvalidas y con vidas más o menos cool en grandes urbes como Nueva York o Londres y el género ha mantenido su buena salud especialmente en EEUU e Inglaterra, ya que no muchos de esos títulos han llegado a las librerías españolas.

Pero la saturación provoca un efecto no deseado: la pérdida de calidad. No todo el chick lit pasa el corte mínimo y no han sido muchas las escritoras (pocos hombres se han animado con el género) que se han coronado como reinas de la novela romántica. Entre las pocas que sí se pueden poner el título están Candance Bushnell, autora de Sexo en Nueva York, Lauren Weisberger, que escribió la exitosa El diablo viste de Prada (después trasladada al cine) o Sophie Kinsella, creadora de la saga de la adicta a las compras, también llevada a la gran pantalla con el título de Confesiones de una adicta a las compras. Precisamente de Kinsella se publica ahora en España, de la mano de la editorial Salamandra, la última entrega de las andanzas de Becky, que en esta ocasión llega de la mano de su pequeña hija, también, cómo no, muy aficionada a eso de comprar. Para no variar, la protagonista se vuelve a meter en líos, vuelve a gastar mucho, a tener malentendidos con su adorable y casi perfecto marido, Luke, y a llegar al final feliz… No puede ser de otra manera en este género. Aunque eso es, precisamente, lo que buscan las lectoras de estas novelas, la seguridad de un rato distendido con happy ending, sin complicaciones y con el amor como elemento omnipresente y si es siguiendo el canon establecido por Jane Austen en Orgullo y prejuicio, pues mucho mejor.

La diferencia, así, cuando se trata de leer chick lit sólo la pone la calidad de quien escribe. Y Kinsella sabe hacerlo, dentro de los canones establecidos. Es decir, no esperen una prosa compleja, pero sí una escritura bien hilada y bien usada; no esperen drama final ni llantos, sino más bien una epifanía sentimental. La escritora huye de los toques pastelosos y de las heroínas desvalidas y construye personajes de carne y hueso, con defectos bien visibles (sobre todo en los imprescindibles malos/as de la película), y tramas previsibles pero de buen trazo. En definitiva, literatura de entretenimiento, de huida de la realidad. Y eso a veces se agradece.

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